martes, 24 de octubre de 2017

Concluyó la transición

Las elecciones del domingo 22 de octubre fueron un momento de bisagra:
1. El Gobierno logró concluir la transición y consolidar su poder.
2. Si bien en este blog creemos que el sistema de partidos políticos que rigió en el siglo XX ya no está vigente, el resultado electoral terminó por barrer la última remora del pasado: el peronismo, tal como lo conocimos terminó definitivamente de existir.
3. Como sucedió con la transversalidad en la primera elección que enfrentó el kirchnerismo, es muy probable que Cambiemos se transforme como alianza. La salida de escena de Ernesto Sanz y su reemplazo por Mario Negri pareciera indicar el carácter parlamentario que tendrá la actual coalición de gobierno.
4. La consolidación de la troika del poder en la Ciudad y en la provincia de Buenos Aires también supondrá el establecimiento del eje del poder a nivel geográfico.
5. Recién ahora podremos observar lo que el presidente Macri quiere efectivamente ejecutar como plan de gobierno.
6. Salvo que se presente un cisne negro, el PRO parecería proyectarse a seis años más de gobierno, como mínimo.
7. La oposición quedará en manos del cristianismo.
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lunes, 2 de octubre de 2017

El relato nacional

José Ortega y Gasset explicó en su España Invertebrada que una nación es un "proyecto sugestivo de vida en común".
La nota que se puede leer a continuación es ilustrativa al respecto.+)

REFERÉNDUM DE CATALUÑA
Un relato de España

El sí a la independencia supone rechazar el vínculo entre los pueblos de España, que tienen mucho que ofrecer en el concierto mundial desde una articulación de unidad y pluralidad que tan pocos países han sabido engarzar

Por ADELA CORTINA, Para El Pais 2 OCT 2017 

En 1937 se publicó Viento del pueblo,el poemario del alicantino Miguel Hernández, que cuenta entre sus poesías con la que da título al libro. “Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me aventan la garganta” es el célebre comienzo de un texto empeñado en mostrar que no es ése un pueblo de bueyes, dispuestos a doblar la cerviz, sino ansioso de libertad y señorío. ¿Quiénes componen el pueblo? Miguel Hernández va desgranando los nombres de todos los pueblos de España y caracteriza a cada uno de ellos con un rasgo alentador. “Asturianos de braveza, vascos de piedra blindada…” y así hasta haber nombrado a todos los que componen el conjunto de esa España, en que, según él, nunca medraron los bueyes.

Hace algunos días, en las páginas de este diario, José Juan Toharia lamentaba que en el conflicto territorial que estamos viviendo en nuestro país sólo los independentistas hayan contado un relato, que se ha ido imponiendo por sintonizar con los sentimientos de una parte de la población, y sobre todo por falta de alternativa. No parecen existir otras narraciones, capaces de ilusionar a las gentes en otro sentido, y eso favorece la causa independentista.

Y es verdad que las personas interpretamos los hechos desde los relatos que se han ido inscribiendo en nuestro cerebro desde la infancia y que se encuentran muy próximos a las emociones. Es verdad que las narraciones son indispensables para llegar al sentimiento, por eso todas las culturas educan a sus miembros contando cuentos y parábolas, que hunden sus raíces en el pasado y proyectan el futuro. Pero también es cierto que, como decía Lakoff, las historias para ser fecundas, no sólo tienen que ser atractivas, sino sobre todo tienen que ser verdaderas. Tienen que unir —añadiría yo— sentimientos y razón, convencer con argumentos, y no sólo persuadir con recursos emotivos, porque deben llegar a la razón de las personas concretas, que es una razón cordial. Y no es de recibo distorsionar los hechos para acoplarlos a una historia que puede ser eficaz en movilizar sentimientos, pero falsa. La posverdad es sencillamente mentira, y rompe el vínculo humano de la comunicación en provecho de quien la cuenta, se mida ese provecho en votos o en dinero.

El relato de España en que creímos muchos de nosotros es el de Miguel Hernández, el de un conjunto de pueblos a los que la historia, con sus avances y retrocesos, ha ido uniendo, y que pueden aportar cada uno mucho de positivo al acervo común; una aportación que, afortunadamente, no siempre se mide en dinero, como querría una sociedad mercantilizada.

Creímos en un conjunto de pueblos, con sus peculiares historias y tradiciones, pero con una historia y una lengua compartidas, que nos ligaba a nuestra América, situada al otro lado del Océano Atlántico, y entre los que podía existir el proyecto compartido de organizar una sociedad más justa, tanto en la propia casa, como en el concierto de los países. Podíamos hacerlo precisamente porque había un vínculo cultural y a la vez peculiaridades diversas, pero además porque existían diferencias económicas entre las regiones, y la solidaridad entre ellas podía propiciar esa reducción de las desigualdades entre los ciudadanos que es la marca de cualquier proyecto progresista. Tal vez los términos “izquierda” y “derecha” oscurecen la realidad más que iluminarla, y habría que sustituirlos por “progreso” y “regreso”, denunciando por regresivo cualquier intento de quebrar una unidad en lo diverso que ya existe.

Sin embargo, en el actual debate sobre la organización territorial de España se ha producido un inmisericorde empobrecimiento de aquella perspectiva amplia. El número de protagonistas del relato parece haberse reducido a dos: el Gobierno de Mariano Rajoy en el marco del Estado y la Generalitat de Cataluña y quienes salen a las calles pidiendo la independencia. Han desaparecido del horizonte los “extremeños de centeno, aragoneses de casta” y cuantos intervenían en nuestra historia común, junto a los “catalanes de firmeza”, y ha quedado en la desoladora escena un enfrentamiento entre una entelequia llamada “Madrid” y otra, igual de difusa, llamada “Cataluña”. Ninguna de ellas corresponde a una realidad social de carne y hueso, ninguna de ellas tiene verdadera encarnadura social.

Hay una desoladora escena de enfrentamiento entre dos entelequias: “Madrid” y “Cataluña”

Y no sólo porque la mayoría de los catalanes no son independentistas, y habría que decir en el mejor de los casos “una parte de los catalanes”, sino porque apostar por la independencia de Cataluña no es decir no a Rajoy y a un “Madrid” inventado. Tampoco es decir no al Partido Popular. El sí a la independencia supone rechazar el vínculo con las gentes de esos pueblos de España, que tal vez no sean tan bravíos como los soñaba Miguel Hernández, pero tienen mucho que ofrecer en el concierto mundial desde esa articulación de unidad y pluralidad que tan pocos países han sabido engarzar con tanto respeto, si es que hablamos de cultura, tradiciones o lengua. Baste comprobar la diferencia con otros países, por otra parte espléndidos como Alemania o Francia, bastante menos sensibles al cuidado de lo diverso. Si en nuestro caso hablamos de desigualdad económica, no de diversidad cultural, entonces entramos en la discusión sobre la justicia distributiva y la solidaridad, no sobre cuestiones de identidad.

Sin embargo, como los relatos arrancan del pasado y sobre todo han de proyectarse al futuro, a las altura del siglo XXI, en el horizonte de un mundo global, no creo que haya proyecto más ilusionante y atractivo que el que esbozaron los ilustrados en el siglo XVIII, haciendo pie en el estoicismo y el cristianismo: el de construir una sociedad cosmopolita, en que sea posible erradicar la pobreza y el hambre, reducir las desigualdades, conseguir que ningún ser humano se vea obligado a emigrar, porque todos son ciudadanos de ese mundo. La globalización ha traído recursos que nunca pudimos soñar para ir adensando el grado de democratización de los distintos países, reforzando los vínculos legales y éticos con otras comunidades, que hoy en día ya comparten soberanía gracias a las uniones supranacionales, como la Unión Europea, y a la multiplicación de entidades internacionales, que podrían ser el germen de una gobernanza mundial. Es sin duda un proyecto y un relato que une los sentimientos a la razón.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y Directora de la Fundación ÉTNOR.

Otros nacionalismos

Interesante mirada de este especialista español sobre el proceso de conformación de estados y naciones en la actualidad. Hasta hace poco, la fragmentación interna se producía en un contexto de conformación de estados continentales. Pero esto que expresa Sanahuja va en otra dirección y plantea otras demandas.+)

“En Cataluña hay un nacionalismo de posverdad; basado en mitos, en narrativas”.

Por Daniel Vittar, para Clarín
dvittar@clarin.com

El español José Antonio Sanahuja, prestigioso académico especializado en política internacional, es un agudo crítico de los movimientos nacionalistas que pululan en esta época. “Algunos utilizan el término populismo, pero yo, por rigor académico, lo llamo extrema derecha, nacionalista y xenófoba, algo muy peligroso”, afirma. Estudioso de los fenómenos sociales, sostiene que los impulsos secesionistas, como el de Cataluña, entrañan una “narrativa construida”. Aunque también destaca que “hay agravios reales del gobierno central” español. De paso por Buenos Aires para participar del seminario “América Latina frente al Nuevo Orden Mundial y la Crisis de la Globalización” realizado por la Coordinado- ra Regional de Investigaciones Económicas y Sociales (CRIES), advierte sobre las causas que impulsan a personajes como Donald Trump o Marine Le Pen y califica esta nueva etapa como de “pos-globalización”.

Parecería que estamos viviendo un cambio de ciclo. ¿Por qué tantos movimientos secesionistas como los de Cataluña o Escocia? Primero el planteo es si se trata de ‘cisnes negros’ o algo más profundo. Para mí es una combinación de las dos cosas. Por una parte no puedes explicar a Trump, el Brexit o Marine Le Pen sin hacer referencia a la cuestión socio-económica. Pero también incide la resistencia de algunos sectores sociales. Poblaciones rurales y grupos de mayor edad, más tradicionalistas, resisten lo que comporta la globalización en términos de diversidad. Es decir, no quiero extranjeros,

no quiero cambio, no quiero amenazas terroristas, ni diversidad sexual. Ahora, una pregunta que tenemos que hacernos es por qué el malestar social, el voto indignado se canaliza hacia la extrema derecha. Algunos lo definen como populismo. Yo, por rigor académico, lo llamo por su nombre: extrema derecha, nacionalista y xenófoba, algo muy peligroso. ¿Cómo describiría el movimiento separatista calatán, en particular? Explicar lo que está ocurriendo en Cataluña es complicado. Hay varios factores. El primero es que ha habido errores de ambas partes. Un elemento que ayuda a entender el ascenso del nacionalismo en Cataluña es la crisis socio-económica. Pero en Cataluña hay un nacionalismo de la pos-verdad. Se basa en mitos, en narrativas construidas. En la campaña de la consulta ya vivimos un ‘momento brexit’, con falsedades circu- lando por las redes. Pero agrego un matiz importante: hay también agravios reales del gobierno español, algo que debe ser objeto de negociación por ambas partes, pero de ahí no se deriva que haya que ir a la independencia. También hay otros factores. ¿Cuáles son?

Hay un marcado componente electoralista. Las élites de los partidos tanto en España como en Cataluña están teniendo en esta pugna nacionalista el argumento perfecto para que no se hable de otras cosas, como los recortes estatales, algo que ocurre en ambos gobiernos, del rescate a los bancos que llega a 40.000 millones de euros. Y sobretodo que no se hable de la corrupción.

De golpe estamos pasando del Estado supranacional al secesionismo Hay una larga tradición de reivindicación de lo nacional, de lo propio. Y estos movimientos independentistas se dan en diferentes lugares. Hoy, el nacionalismo es la ideología más importante, y la que tiene mayor capacidad de movilización. La encontramos en muchos lugares. No sólo es Trump, el Brexit en Gran Bretaña, Marine Le Pen. En la Unión Europea se ha extendido muy ampliamente. Es Putín en Rusia. China ha sustituido el socialismo por nacionalismo. Lo tenemos en Turquía con Erdogan, lo tenemos en Egipto, en Filipinas. Es un fenómeno muy extendido. Es un nacionalismo del ‘mejor solo’, del ‘no quiero compartir mi riqueza’. Por supuesto que hay muchos más elementos. Pero yo creo que en el fondo, la relación entre crisis socio-económica y ascenso del nacionalismo no es nuevo. Lo que ocurre es que en cada época se presenta con su fisonomía. ¿Cómo definiría esta etapa? Estamos en el final del ciclo que hemos llamado globalización. Estamos en una nueva fase. La crisis del 2008 no fue sólo financiera, sino también de gobernabilidad. Y esa crisis, junto a otros acontecimiento, estaría expresando que el modelo de globalización que se inicia en los años 80 estaría en sus límites. Todos los indicadores económicos que hemos utilizado para medir de manera precisa la globalización se han estancado. Hay elementos cíclicos, el cambio de modelo productivo de China, la continuación de la recesión en Europa, la caída del precio de los comodities. Pero también hay elementos estructurales. ¿Hacia donde vamos?

La globalización se organizó en torno a cadenas productivas globales, estructuradas a través de grandes multinacionales. Eso es lo que está quedando atrás. Por ejemplo, si tu quieres producir y vender teléfonos móviles en Sudamérica, no te organizas como una gran multinacional, con todos los costos que esto implica. Hoy puedes organizar la cadena productiva global con una pequeña oficina en cualquier lugar, externalizar todo y abastecerte a través de Alibabá. Las plataformas tecnológicas están cambiando todo. En el ámbito de los servicios es mucho más fácil. Tenemos el ejemplo de Uber, Airbnb. Ellos no son propietarios de los activos, tienen una plataforma tecnológica y externalizan todo. Pero al mismo tiempo se erigen como cuasi-monopolios.