domingo, 3 de junio de 2018

El Papa que fue bueno



El 3 de junio de 1963 moría Juan XXIII, llamado el Papa Bueno.
Ignoro si esto de llamar Papa Bueno al Santo Padre resultó exclusivamente de la visible bonomía de Pontífice o si del contraste que su simpatía producía respecto de sus antecesores.
Giuseppe Roncalli fue elegido el 28 de octubre de 1958. Al año inició la preparación del Concilio Vaticano II, en cuyo discurso de apertura se puede advertir las intenciones de adecuación de las formas de expresión del mensaje de la Iglesia a los nuevos tiempos.
Durante sus casi cinco años de papado, "el mundo entero pudo ver en él una imagen auténtica del Buen Pastor. Humilde y atento, decidido y valiente, sencillo y activo, practicó los gestos cristianos de las obras de misericordia corporales y espirituales, visitando a los encarcelados y a los enfermos, acogiendo a personas de cualquier nación y credo, comportándose con todos con un admirable sentido de paternidad. Su magisterio social está contenido en las Encíclicas Mater et magistra (1961) y Pacem in terris (1963)", dice de él su perfil biográfico en la página oficial del Vaticano.
El estilo de Juan XXIII en su momento fue tan revolucionario como lo es ahora el de Francisco. Desde entonces, la Iglesia procuró lograr una mayor sintonía con el mundo contemporáneo. Paulo VI también buscó quitarse la imagen de monarca y de mostrarse cercano de los más necesitados. Juan Pablo II fe, además de un inmenso líder mundial, un gran comunicador social, sin ceder en la ortodoxia de su mensaje religioso. Benedicto XVI privilegió el vigor del mensaje cristiano por sobre las formas, como eximio teólogo que es, pero sus decisiones en materia de reforma de la curia fueron decisivas para ponerse a la burocracia vaticana en contra -que, tal vez, motivaron su temprana renuncia-, y denunció y quitó cualquier tipo de protección para los sacerdotes y religiosos abusadores. Francisco hizo más hincapié en adecuar sus gestos y palabras a las demandas de la población mundial, aunque mantuvo la firme decisión de reformar la estructura del poder papal al colegiar la conducción cardenalicia y de depurar a la Iglesia de actitudes contrarias a la corrección política.
Se podría decir que desde hace unos 60 años que la Iglesia emprendió un camino de aggiornamiento permanente. Los papas se volvieron viajeros y se acaercaron mucho a la gente comun, al punto de tener una opción preferencial por los pobres. 
La transformación eclesiástica es continua, al punto de que parecería que todavía seguirá experimentando grandes cambios institucionales.+)

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