martes, 19 de noviembre de 2019

El Tae Kwon Do y la diplomacia deportiva coreana

Homenaje del Senado a los Pioneros del Tae Kwon Do, Maestros Kim y Choi
Por Manuel E. Adrogué

El viernes 22 de noviembre la Comisión de Deporte del Senado de la Nación entregó a los Grandes Maestros Han Chang Kim y Nam Sung Choi, introductores del Tae Kwon Do en la Argentina, la Mención de Honor “Senador Domingo Faustino Sarmiento”.
Los homenajeados fueron quienes en junio de 1967 llegaron al puerto de Buenos Aires desde la lejana Corea en un buque de carga holandés. Los acompañaba también otro paisano suyo, el Maestro Kwang Duk Chung. Después de dos meses cruzando el océano Indico, bordeando las costas de Africa y luego el Atlàntico, llegaron a esta tierra llenos de incógnitas y esperanzas trayendo su conocimiento de una disciplina exótica cuya existencia era desconocida. Pocos sabían aquí de la existencia de un lejano país llamado Corea; el Judo y el Karate, japoneses, cubrían todo cuanto podía conocerse sobre las entonces misteriosas “artes marciales”. Con dedicación y venciendo muchas dificultades, estos inmigrantes que venían de un país devastado por la guerra y las privaciones lograron abrirse paso y ganarse un nombre, inicialmente enseñando en academias de policía y fuerzas de seguridad. Su impresionante dominio corporal, la potencia con que podían atravesar ladrillos con sus puños y saltar por encima de filas de personas con sus patadas voladoras, superaron holgadamente cualquier barrera de lenguaje que pudiera existir. Todo aquel que alguna vez ha practicado Tae Kwon Do en Argentina ha escuchado hablar de los míticos maestros Kim y Choi. A través de las décadas, el Tae Kwon Do se transformó en el arte marcial más practicado de la Argentina.
Esos maestros, que hoy tienen más de 80 años, formaron a sus primeros discípulos, y hoy hay más de cinco generaciones. Entre aquellos tiempos de fotos color sepia y el frenético siglo XXI la disciplina sufrió numerosos cambios y transformaciones: en paralelo a la Federación Internacional liderada por el Gral. Choi desde 1966, en 1973 en Seúl se creó la Federación Mundial, que dirigió sus esfuerzos a transformar aquel arte de combate -famoso por haber sido utilizado por los comandos coreanos en Vietnam- en un deporte olímpico.  El gobierno surcoreano eligió al Taekwondo como producto cultural para ganar reconocimiento internacional, presentando a esta disciplina como deporte de exhibición en las Olimpiadas de Seúl 1988, y debutando oficialmente en Sydney 2000. La guerra fría y la división coreana han impactado de lleno en esta disciplina, que está marcada por dos estilos distintos: por un lado el promovido por Corea del Sur –“World Taekwondo” (WT), de orientación deportiva cuyo reglamento de combate se caracteriza por el uso de chalecos y el empleo casi exclusivo de patadas para pelear; por otro lado, el llamado “estilo internacional” o ITF, que sigue el lineamiento del Gral. Choi Hong Hi  (1918-2002) cuyo reglamento dispone el uso de protecciones de gomaespuma en manos y pies, permitiendo combinar patadas y golpes al torso y también al rostro. En general se considera que la versión WT está más en la vanguardia del cambio (encarnada por la Confederación Argentina de Taekwondo), mientras que la ITF, estructurada en un puñado de instituciones con considerable caudal de alumnos, se mantiene más cercana a los orígenes del arte marcial.
En la Argentina ambas modalidades han tenido gran desarrollo. Éstas han llegado a diferenciarse tanto que hasta se escriben distinto: “Taekwondo” para WT, y “Taekwon-Do” para ITF. Aunque en este caso, esa diferenciación no es una grieta, según ha podido verse en este sentido homenaje a los Maestros Kim y Choi, al que asistieron más de un centenar “hijos” y “nietos”, de una y otra modalidad, quienes continúan sus pasos, orgullosos por la generosidad de la enseñanza y ejemplo de vida de estos pioneros.

viernes, 15 de noviembre de 2019

El Quinto Poder


Durante las protestas de 2002 pudimos apreciar la aparición de un fenómeno nuevo: las manifestaciones disruptivas. En aquella oportunidad las vimos con los ahorristas organizados para protestar por el corralito.
Tenían el siniestro antecedente de los saqueos a los supermercados del oscuro invierno de 1989, del Cordobazo, en 1969 -y sus semejantes a partir de entonces-, y de las protestas de diciembre de 2001, que antecedieron a la caída del presidente Fernando de la Rúa.
Pero esas eran acciones de masas populares, mientras que lo que sucedió en 2002 fue la reacción de las clases medias.
Con el auge de la inseguridad que siguió a la crisis económica, el secuestro del joven sanisidrense Axel Blumberg parió a un dirigente que se encendió y se apagó con la velocidad de un fósforo: su padre, Juan Carlos Blumberg. Unos pocos días más tarde obtuvo la solidaridad de unas 200.000 personas que marcharon con él el 1 de abril de 2004. Blumberg logró repetir a lo largo de dos años esa modalidad unas cuatro veces más con éxito diverso hasta que su legitimidad como referente social se esfumó por utilizar falsamente el título de ingeniero.
En 2008, el enfrentamiento del gobierno de Cristina Fernandez de Kirchner contra el campo despertó los piquetes en las rutas y los cacerolazos urbanos. La modalidad del cacerolazo tiene muchos antecedentes en la historia -especialmente en Chile y en 2001 en la Argentina- pero se convirtió en la forma más legítima de protesta de la población de clases medias durante 2012 y hasta el 2014. Parecería inspirada en la Primavera Arabe de 2011.
Vale aclarar que el Grupo Clarín tuvo un protagonismo crítico para su repercusión, lo que le valió la animadversión del oficialismo de entonces, que aseguraba que sin las cámaras de TN aquellas manifestaciones no tendrían mayor efecto político.
El cacerolazo encarnó a partir de entonces una especie de democracia directa, capaz de modificar decisiones de gobierno cuando ocurrió el voto no positivo de Julio César Cleto Cobos. El auge de las nuevas tecnologías impactó en toda clase de institucionalidad, vulnerando toda intermediación.
En los últimos tiempos hemos visto que las manifestaciones callejeras han tomado un carácter muy violento y con un interesante nivel de técnica y organización cuasi militar, tal como se pudo observar en las protestas contra la Reforma Previsional, en diciembre de 2017, que tuvieron como epicentro a la Plaza de los Dos Congresos, y con un destacado protagonismo de las entidades de izquierda.
Las manifestaciones por la ley de legalización del aborto, aunque apasionadas, no tuvieron aquel signo violento. Pero tal era la sensibilidad gubernamental que Ignacio Zuleta, en El Papa Peronista (Sudamericana, 2019) afirma que el gobierno de Macri operó la votación favorable en Diputados para evitar una explosión callejera de las antiabortistas.
Pero este año hemos visto que las protestas tienen a la prensa como uno de sus principales objetivos. Los ataques a los periodistas del grupo Clarín durante las manifestaciones que sucedieron durante la administración cristinista, que fueron excepcionales, se han vuelto normales.
Durante el último encuentro de mujeres, que se realizó en octubre último, en La Plata, las manifestantes alternaron los ataques a la Iglesia de otros años con la agresión al móvil de TN, que no era crítico de la manifestación; le pintaron la lente de la cámara para que no pudiera filmar, realizaron pintadas con mueras a la prensa en el vehículo y agredieron verbalmente al personal allí destacado.
Asimismo, las protestas ecuatorianas y chilena contra los aumentos al transporte -que parecieron remitir a la de los chalecos amarillos en Francia en 2018- tuvieron su correlato en el microcentro porteño, frente al consulado chileno; allí se maltrató a los moviles presentes de los diversos medios de prensa sin distinguir entre unos y otros.
Estos últimos días pudimos ver el modo en que los enviados de la televisión argentina tuvieron que salir de Bolivia protegidos por la Gendarmería luego de que unos y otros bandos los acusaron de mentirosos en la calle y la ministro de Comunicación, de sedición.
Es evidente que el llamado Cuarto Poder tiene ahora un claro competidor.+)

miércoles, 6 de noviembre de 2019

En los desiertos cordilleranos


Una geografía tan esplendida, como hostil para el desplazamiento de tropas, fue el escenario sobre el que marcharon toda una jornada los gendarmes que ese 6 de noviembre de 1965 se enfrentaron con cuatro carabineros chilenos en el puesto Arbilla de la estancia La Florida, en plena Cordillera de los Andes.
Un breve intercambio de disparos costó la vida del Teniente de Carabineros Hernán Merino Correa y dejó un herido, el sargento Manrique, también chileno, pero restituyó la soberanía de los argentinos en Laguna del Desierto.
Con un espíritu de integración americanista los presidentes de entonces, Arturo Illia y Eduardo Frei, habían conferenciado en Mendoza unos días antes y habían acordado el retiro de los carabineros en 48 horas. Pero la orden de no fue acatada y aquel presidente a quien la opinión pública había bautizado “la tortuga” no dudó en enviar al destacamento Buenos Aires de la Gendarmería Nacional para hacer respetar los límites, tal como había sido laudado por Majestad británica Eduardo VII, en 1902; que fuera relevado en 1947 desde el aire la Fuerza Aérea norteamericana, que tuvo la tarea de establecer la línea de las altas cumbres divisoria de las aguas -que fue el criterio de distribución territorial establecido por el Tratado de Límites de 1881-, y que quedara así reflejado por el Instituto Geográfico Militar Chileno en sus mapas, en 1953.
De nada sirvió al país trasandino haber retirado esa documentación en 1956 para volver a publicarla, corregida, en 1958, ni que colonos asistidos por el Estado chileno hubieran ido poblando la zona y hasta obtenido títulos de propiedad por parte del vecino país. 
La Argentino tuvo conciencia del problema y comenzó a solicitar la documentación migratoria a esos pobladores. Hasta el 12 de octubre de 1965, cuando una partida de carabineros avanzó 35 kilómetros hasta el mencionado Puesto Arbilla, lo que les permitía obtener prácticamente 500 kilómetros cuadrados de superficie.
“El teniente murió como un hombre. (Apenas sintió el ladrido de los perros) él salió convencido de que estaba en su país”, relató para un video elaborado por la Gendarmería Nacional el entonces Alférez Eduardo Martín, que encabezó uno de los dos pelotones de cinco miembros cada uno, junto al fallecido Luis Alberto Quijano. Merino Correa “salió con su fusil FAL amenazando, insultando” mientras ordenaba el desplazamiento de la gente a su cargo.
Se suponía que, de un momento a otro alguien haría replegar a los chilenos, según lo previsto por ambos presidentes. Sin embargo, ya había pasado una hora y media de agresiones y amenazas verbales cuando, al filo de la noche, el entonces primer alférez Quijano decidió poner fin a la discusión para evitar el cambio de condiciones: “¡Arrojen las armas! ¡están rodeados por Gendarmería!”. Merino Correa disparó sobre Quijano y le rozó la cara, a lo que éste respondió con un disparo en el pecho que lo hirió de muerte. Martín disparó contra el sargento Manrique, que no había advertido su cercana presencia parapetado detrás del tronco de un árbol caído. En ese extraño trance en que la vida y la muerte juegan su partida, el camarada chileno explicó a su atacante al notar su situación: “Señor: es la segunda vez que me salvo hoy; casi me ahogo al cruzar el río…”.
Tras la rendición, los gendarmes arriaron, con los honores correspondientes y el debido respeto, la bandera chilena e izaron en su lugar el pabellón celeste y blanco; estabilizaron al herido y lo condujeron a Río Gallegos, donde lo esperaban autoridades civiles y militares de ambos países y, tras montar al cuerpo de fallecido en un caballo, la caravana emprendió el regreso.
La memoria popular tiene el recuerdo del registro fotográfico del carabinero tendido contra un árbol, gracias a que el fotógrafo Eduardo Forte y al periodista Julio Landívar, que acompañaron acompañaron al convoy y cubrieron este destacado episodio de la historia nacional para la revista Gente, por entonces recientemente aparecida, cuya misión periodística se encontraba casualmente por esas latitudes por una nota para la Provincia.
En agosto de 1991 los presidentes Carlos Menem y Patricio Aykwin firmaron un acuerdo para someter a un arbitraje el recorrido de la tasa del sector comprendido entre el hito 62 y el monte Fitz Doy. Recién en diciembre de 1996, Menem y su par chileno Eduardo Frei firmaron un protocolo adicional que permitió, con el aval parlamentario de ambas naciones, dar por cerrado el capitulo.
El nacionalismo fue cediendo con el paso del siglo y en la década del 90 se sucedieron una serie de acuerdos que permitieron privilegiar el principio de integración regional por sobre el de la integridad territorial.
Pero para quienes habitamos este sueño bendito esos gendarmes honraron a nuestro pueblo con una acción decidida y valiente. Hace dos años, esa misma fuerza devolvió aquel trofeo para cicatrizar una herida que no debe distanciar a paises que son hermanos.+)