viernes, 15 de noviembre de 2019

El Quinto Poder


Durante las protestas de 2002 pudimos apreciar la aparición de un fenómeno nuevo: las manifestaciones disruptivas. En aquella oportunidad las vimos con los ahorristas organizados para protestar por el corralito.
Tenían el siniestro antecedente de los saqueos a los supermercados del oscuro invierno de 1989, del Cordobazo, en 1969 -y sus semejantes a partir de entonces-, y de las protestas de diciembre de 2001, que antecedieron a la caída del presidente Fernando de la Rúa.
Pero esas eran acciones de masas populares, mientras que lo que sucedió en 2002 fue la reacción de las clases medias.
Con el auge de la inseguridad que siguió a la crisis económica, el secuestro del joven sanisidrense Axel Blumberg parió a un dirigente que se encendió y se apagó con la velocidad de un fósforo: su padre, Juan Carlos Blumberg. Unos pocos días más tarde obtuvo la solidaridad de unas 200.000 personas que marcharon con él el 1 de abril de 2004. Blumberg logró repetir a lo largo de dos años esa modalidad unas cuatro veces más con éxito diverso hasta que su legitimidad como referente social se esfumó por utilizar falsamente el título de ingeniero.
En 2008, el enfrentamiento del gobierno de Cristina Fernandez de Kirchner contra el campo despertó los piquetes en las rutas y los cacerolazos urbanos. La modalidad del cacerolazo tiene muchos antecedentes en la historia -especialmente en Chile y en 2001 en la Argentina- pero se convirtió en la forma más legítima de protesta de la población de clases medias durante 2012 y hasta el 2014. Parecería inspirada en la Primavera Arabe de 2011.
Vale aclarar que el Grupo Clarín tuvo un protagonismo crítico para su repercusión, lo que le valió la animadversión del oficialismo de entonces, que aseguraba que sin las cámaras de TN aquellas manifestaciones no tendrían mayor efecto político.
El cacerolazo encarnó a partir de entonces una especie de democracia directa, capaz de modificar decisiones de gobierno cuando ocurrió el voto no positivo de Julio César Cleto Cobos. El auge de las nuevas tecnologías impactó en toda clase de institucionalidad, vulnerando toda intermediación.
En los últimos tiempos hemos visto que las manifestaciones callejeras han tomado un carácter muy violento y con un interesante nivel de técnica y organización cuasi militar, tal como se pudo observar en las protestas contra la Reforma Previsional, en diciembre de 2017, que tuvieron como epicentro a la Plaza de los Dos Congresos, y con un destacado protagonismo de las entidades de izquierda.
Las manifestaciones por la ley de legalización del aborto, aunque apasionadas, no tuvieron aquel signo violento. Pero tal era la sensibilidad gubernamental que Ignacio Zuleta, en El Papa Peronista (Sudamericana, 2019) afirma que el gobierno de Macri operó la votación favorable en Diputados para evitar una explosión callejera de las antiabortistas.
Pero este año hemos visto que las protestas tienen a la prensa como uno de sus principales objetivos. Los ataques a los periodistas del grupo Clarín durante las manifestaciones que sucedieron durante la administración cristinista, que fueron excepcionales, se han vuelto normales.
Durante el último encuentro de mujeres, que se realizó en octubre último, en La Plata, las manifestantes alternaron los ataques a la Iglesia de otros años con la agresión al móvil de TN, que no era crítico de la manifestación; le pintaron la lente de la cámara para que no pudiera filmar, realizaron pintadas con mueras a la prensa en el vehículo y agredieron verbalmente al personal allí destacado.
Asimismo, las protestas ecuatorianas y chilena contra los aumentos al transporte -que parecieron remitir a la de los chalecos amarillos en Francia en 2018- tuvieron su correlato en el microcentro porteño, frente al consulado chileno; allí se maltrató a los moviles presentes de los diversos medios de prensa sin distinguir entre unos y otros.
Estos últimos días pudimos ver el modo en que los enviados de la televisión argentina tuvieron que salir de Bolivia protegidos por la Gendarmería luego de que unos y otros bandos los acusaron de mentirosos en la calle y la ministro de Comunicación, de sedición.
Es evidente que el llamado Cuarto Poder tiene ahora un claro competidor.+)

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